|
27 Febrero 2011

http://mariacelina.daraujo.net
Partimos da premissa de que o Estado é plataforma a partir da qual se pode garantir as liberdades públicas, os direitos e a igualdade. Por isso mesmo, as reformas administrativas do Estado, iniciadas nos anos 1990 e logo relegadas a segundo plano, tornam-se cada dia mais urgentes. O Estado brasileiro carece de responsiviness. Ou seja, capacidade de realizar bem aquilo que a sociedade decide como prioridade para o mandato de cada governo e para seu futuro.
A hipótese subsidiária a essa é a de que o Estado deve ser visto como parte da sociedade, como seu reflexo organizado do ponto da instauração das políticas públicas e da garantia da lei. O Estado não tem interesses próprios nem representa os interesses das elites, venham elas de qualquer extrato social.
A sociedade democrática toma o Estado como expressão da política republicana. A esse respeito, a questão que se coloca no Brasil hoje é: temos democracia mas houve a democratização do Estado? Há um Estado de qualidade a serviço da sociedade nos três níveis da federação? O Brasil democrático acelerou ou anestesiou a capacidade de organização da sociedade civil? Que questões visualizamos como as mais urgentes para acelerar a democratização da sociedade brasileira? Por democratização estamos entendendo a garantia para um amplo conjunto de direitos que vão além do que dispõe a letra da lei ou o imediatismo economicista, ainda que emergencialmente necessário.













Las reformas políticas en curso parecen traer consigo aires premodernos. ¿Estaremos retrocediendo, como los cangrejos, en este tipo de asuntos? Al escenario de desigualdad electoral que se abrirá con el voto voluntario, por cuanto la predisposición a votar es mayor en quienes cuentan con más recursos económicos, se suma el intento del gobierno de Sebastián Piñera por establecer condiciones para que los chilenos que viven en el exterior puedan materializar el derecho al sufragio que, aunque consagrado en la Constitución, no puede hacerse efectivo. Esta idea tiene adeptos en la bancada de la UDI, anclados todavía en el modelo estatal de Westfalia, pero también en algunos legisladores concertacionistas despistados. Pareciera que no han tomado nota de que el debate sobre la nacionalidad está cruzado por teorías objetivas y subjetivas. Ya dijo Renán que "una nación es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de los que se está dispuesto a hacer todavía". Lo cierto es que en un mundo global, en el que se produce no solamente un aumento de la identidad, con la posibilidad de vivir en varios mundos, sino que ésta se torna dinámica, no se necesita pisar la misma tierra para hacer los sacrificios que haga falta. De prosperar la exigencia de vínculos efectivos como pudiera ser el traslado al país cada cierto tiempo, se anularía la noción de universalismo del sufragio, retrotrayéndonos a una nueva forma de voto censitario o restringido, tal como existió en Chile antes de 1888. No son éstas puras disquisiciones. Quien escribe es hispano-chilena, nacida en Venezuela. Luego de vivir interrumpidamente en Chile por 25 años y haberse naturalizado, puede ejercer paralelamente su derecho a voto tanto en Chile como en todas las elecciones convocadas desde España, tanto locales, como generales y europeas. Si viaja a España, lo hace libremente y no para demostrar su interés por la tierra de su niñez y de sus antepasados, preocuparse por su destino y sufrir con sus infortunios. Y es que la nacionalidad, más que un cuerpo legal, es una lealtad a la que, si se le colocan condiciones para su ejercicio, se incurre en discriminación.


